Sociedad

El perro que vive en el corazón de los duraznenses

Cuando en la década del 60 se lo veía caminar despacio y en zigzag por las calles de Durazno, todos sabían que junto él se movía una historia cargada de lealtad. Se llamaba “El Gaucho”.


Era un perro mediano, pelaje casi negro. Creció y fue para un peón rural -de la zona de Villa del Carmen- un amigo fiel e inseparable colaborador; juntos hacían las tareas de campo.

Un día, debido a una enfermedad, su amo fue trasladado en estado grave al hospital de la ciudad de Durazno. Gaucho sintió su ausencia y no dudó en buscarlo.

Solo, con su olfato, empezó a andar. Rodeó cursos de agua, cruzó caminos, ganó las calles de la ciudad esquivando vehículos, hasta dejar atrás los casi 50 kilómetros que separan Villa del Carmen de la ciudad de Durazno. Finalmente, encontró el lugar y se metió en el hospital donde estaba, agonizando, su amo.

El primer impulso del personal del centro hospitalario fue correrlo, pero al ver tanta bondad en sus ojos, permitió que se quedara en la sala de espera. Aunque Gaucho no tardó en arrimarse hasta la cama del enfermo. Allí montó guardia: al lado, debajo y –a veces- con su hocico sobre la cama.

Testigos que hoy son abuelos cuentan que cada queja del moribundo era sentida por Gaucho como propia, quien prácticamente “lloraba”, como lo hacen las personas que sufren de verdad.

Un día Gaucho aulló como nunca ¡pero esta vez sin consuelo!: había lamido las manos de su amigo y no había sentido ese calor humano que los mantenía unidos.

Con la fidelidad de siempre acompañó a su dueño durante el velatorio y luego lo escoltó hasta la morada final, donde permaneció junto a la tumba.

Según testimonios estuvo un mes custodiando los restos de ese peón rural con quien había crecido en el interior de Durazno. Sólo obligado por el hambre salía a buscar comida, pero volvía con puntualidad al sepulcro, al punto que adoptó el Cementerio como su nuevo hogar.

Nunca procesó su duelo. Así que pasó el resto de su vida entre el Cementerio, los barrios Varona, Plaza Sainz, La Amarilla, y el centro de la ciudad. En los locales comerciales, bares e instituciones, vecinos de todas las edades lo veían transitar, siempre manso, siempre agradecido con cada alimento que le daban.

Cuentan que conquistaba con su mirada bondadosa, de ahí que todos querían tenerlo como mascota; pero Gaucho había preferido enterrar su corazón junto a su amo, así que volvía -leal- al lado de su difunto amigo.

Una mañana El Gaucho apareció sin vida a pocas cuadras del Cementerio.

Su partida causó profundo dolor en la comunidad y su historia empezó a crecer en el corazón de la gente, a transmitirse de generación en generación. Fue ese “boca a boca” el que lo posicionó entre muchos más duraznenses, uruguayos y extranjeros, varios años antes de que apareciera internet y décadas antes de las redes sociales.

Contar su historia es lo mismo que insuflar en la sociedad el valor de la lealtad. Seguramente, conscientes de eso, en mayo de 1999, el Gobierno local le confeccionó una estatua y la instaló en el entorno de la Necrópolis de Durazno. La placa que reconoce ese especial legado dice: “Los duraznenses a El Gaucho. Por tu inigualable lealtad, por haber sido nuestro, por darnos tu leyenda”.

Escrito por Fernando Salvador Báez 


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