Interés General

El ejemplo del libertador. Por Saúl Moisés Piña


El 22 de octubre de 1853, se produjo el fallecimiento de un verdadero caudillo, cuya vida siempre estuvo al permanente servicio de la Patria, participando en las empresas más difíciles, en los hechos de hazaña y en episodios que exigían valor, temeridad y audacia, y por encima de todo esto, un profundo amor a la libertad y el ferviente deseo de una patria constituida para orientar en soberanía plena sus propios destinos.

Hacemos referencia al Gral. Juan Antonio Lavalleja, quien fue un soldado de la epopeya Artiguista y un fiel servidor al Prócer en la lucha contra los españoles, porteños y lusitanos.

Estuvo en Las Piedras y en el Sitio de Montevideo, integrando las filas del Éxodo, combatiendo en Guayabos, donde causó asombro a los propios portugueses, demostrando un coraje excepcional. No hay duda que en su recia figura de guerrero, están contenidas las más puras esencias de la orientalidad.

Con la firme apostura de un verdadero conductor, asume en un tiempo clave para los destinos nacionales, la gloriosa empresa del Desembarco de la Agraciada, el 19 de abril de 1825.

Tiene la sabia iniciativa de formar un gobierno patrio, convocando a los pueblos orientales a elegir representantes para la magna Asamblea de la Florida, sellando la concordia nacional y rubricando, luego, la magnífica victoria de Sarandí, donde puso en evidencia sus condiciones de bravo guerrero, ordenando “Carabina a la espalda y sable en mano”.

Lavalleja tuvo la particularidad de que siempre actuó ceñido a los ideales Artiguistas, defendiendo con indeclinable voluntad y fortaleza, valores tales como la libertad y la soberanía de la Patria.

La muerte lo sorprendió en el Despacho del Fuerte, en su calidad de integrante del triunvirato para el que fuera designado junto a Rivera y Flores, tras la caída de Giró.

El destino le reservó una muerte en plena “trinchera”, como un soldado de la paz , con el privilegio de estar al frente de los destinos de la Patria.

Estos son tiempos donde resulta fundamental a los uruguayos, recordar aquellos hombres que cimentaron los mejores valores en la constitución de este país.

Un país que corta sus amarras con lo bueno de su historia y de los hombres que la protagonizaron, se muere cada día y en cada generación.

Vivir solo el presente, es la mejor manera de no haber vivido nunca. Los orientales por suerte, tenemos el gran privilegio de haber tenido caudillos propios, que dejaron un rico legado de ideas y actos, que demostraron su amor a la libertad y profundo compromiso con la patria, rechazando las exóticas zarzas de la mentira y la ambición desmedida.

No sería mala idea consultarlos en estos tiempos de crisis de moral pública.





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