Sesenta años después, el reencuentro de los alumnos de la Escuela 6 “El Cañón” en Durazno

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El paso del tiempo, que suele diluir nombres y escenas, encontró el pasado viernes 20 de marzo un punto de resistencia en la Escuela Nº 6 “Juan Zorrilla de San Martín” de la ciudad de Durazno. Allí, quienes ingresaron a sus aulas en 1966 regresaron, ya con la vida recorrida, para dejar testimonio de una pertenencia que no se ha desvanecido.

La actividad tuvo un gesto concreto y sobrio: la colocación de una placa que recuerda los 60 años de aquel ingreso. Pero el acto no se agotó en lo simbólico. Hubo también un mosaico, elaborado en Suecia por una excompañera junto a otros duraznenses radicados en ese país, que trajo consigo una dimensión más amplia, como si la escuela hubiera extendido sus límites hasta donde llegaron sus alumnos.

Luego, sin estridencias, los recuerdos se abrieron paso en una recorrida por el edificio. La Escuela de “El Cañón” -como todavía la nombran- fue redescubierta en sus pasillos y salones, ahora habitados por otras generaciones. Las imágenes enviadas a DURAZNO DIGITAL muestran un grupo numeroso, pero más que la cantidad, lo que se percibe es una cierta forma de encuentro: el reconocimiento en el otro, la persistencia de un vínculo que el tiempo no deshizo.

Los organizadores hablaron de un “mimo al alma”, una expresión sencilla que, sin embargo, parece contener el sentido de la jornada. También dejaron un mensaje dirigido a los niños de hoy: la idea de que la escuela no se agota en los años de asistencia, sino que puede permanecer como un lazo duradero, una memoria compartida que, con el paso de las décadas, sigue reuniendo.

La convocatoria no fue casual. Durante los días previos, las redes sociales -en particular Facebook- funcionaron como punto de encuentro para quienes integraron aquella generación que cursó desde 1966 hasta su egreso en 1971. Allí se reencontraron, se buscaron y, finalmente, se llamaron por un nombre común: “cañoncitos”, como si la infancia pudiera, por un instante, restituirse.

Quizás uno de los momentos significativos estuvo en el mensaje de la maestra que los formó, quien compartió un texto de tono íntimo y agradecido. Escribió que fueron sus alumnos quienes le enseñaron a valorar la vida “con afecto, amor y tantos besos” que aún conserva, y los exhortó a no perder ese vínculo, a sostenerlo en el tiempo, porque -afirmó- “las hace crecer y vivir”.

No hubo grandilocuencia en la jornada. Apenas un conjunto de gestos, palabras y presencias que, al reunirse, dieron forma a algo más persistente: la certeza de que la educación, cuando deja huella, no se mide solo en contenidos aprendidos, sino en los lazos que es capaz de sostener a lo largo de una vida.


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