
Aun cuando la pantalla tentaba con el clásico de clásicos -Peñarol contra Nacional, en un partido que se estiró con alargue y penales-, miles de duraznenses eligieron abandonar el resplandor doméstico de la televisión. Lo hicieron para sumergirse en otro ritual, tan arraigado como el fútbol, pero de una estridencia colorida y colectiva: el Desfile Inaugural de las carnestolendas.
Puntual como un reloj inglés, a las nueve en punto comenzó a andar la carroza principal, avanzando lentamente por la avenida 18 de Julio. Sobre ella, las Reinas y Princesas saludaban con una sonrisa amplia y generosa. Pero el verdadero brillo, la energía que electrizaba la noche, emanaba de las veredas. Eran un mar compacto de familias, parejas y grupos de amigos que, apiñados, convertían el simple acto de mirar en un espectáculo paralelo de gestos, cantos y complicidad.El carruaje dio paso a lo números artísticos. Por el Microcentro desfilaron murgas con sus coloridos vestuarios, comparsas de plumas y lentejuelas, escuelas de samba cuyo baile hacía temblar el suelo. Era un derroche calculado de color, un carnaval de caras pintadas, ritmos contagiosos y movimientos que parecían invitar a bailar. El público, lejos de ser un mero testigo, coreaba, aplaudía y seguía las palmas, celebrando con fervor este primer latido festivo del año. Por supuesto que no faltaron los que llevaron su Spica y siguieron el clásico con la radio pegada al oído.






