
Hugo Rosano, quien debutó como profesional a los 43 años, también apadrinó el debut de Oscar Álvarez, un pugilista de Blanquillo. Comparten una filosofía donde el ring es una escuela de vida.
En un deporte donde la juventud y el apoyo suelen ser claves, dos historias desde Durazno desafían los relatos convencionales. No se trata de campeones consagrados, sino de pugilistas cuyo mayor combate ha sido fuera del ring: contra la edad, la distancia, la falta de recursos y el silencio de pueblos chicos. Su meta, más que títulos, es ser un ejemplo de constancia.Hugo Rosano (44 años) decidió cruzar las cuerdas como profesional hace aproximadamente un año, con un debut en Minas. “Con muchos sacrificios, esfuerzo y dedicación he logrado continuar con mi carrera a pesar de las dificultades que conlleva este camino, sin apoyo y sin poner como excusa la edad”. Para Rosano, el entrenamiento siempre fue una herramienta de crecimiento personal y superación, una filosofía que ahora busca transmitir.
Su propia trayectoria lo ha convertido en un referente, una figura que quiere demostrar que “las limitaciones no están en el lugar de donde venimos ni en la edad que tengamos, sino en las ganas de seguir adelante”. Esa convicción tomó forma concreta al extender la mano a un boxeador más joven, Oscar Álvarez.
Álvarez (29 años) residente de Blanquillo, un pueblo donde, describe, “el silencio y el trabajo duro forman parte de la vida diaria”. Su camino en el ámbito amateur estuvo marcado por la escasez de medios: “entrenando como se podía, viajando cuando se podía y sin bajar los brazos”. El boxeo, cuenta, le enseñó disciplina, respeto y constancia frente a la distancia y la falta de oportunidades.
El punto de inflexión llegó el 19 de diciembre de 2025, cuando, con el apoyo y padrinazgo de Rosano, Álvarez debutó como profesional en Montevideo... “La Meca del boxeo”, un escenario que representa “no solo un sueño personal, sino también a mi pueblo”. Para él, cada pelea suma experiencia en un camino largo, con el objetivo de “demostrar que desde un pueblo chico también se puede llegar lejos”.
Ambos, maestro y discípulo en esta escuela de perseverancia, comparten hoy la misma convicción. Rosano sigue compitiendo con el compromiso del primer día, y Álvarez entrena con “la misma humildad y convicción”. Sus historias, tejidas con sacrificio, no aspiran únicamente a victorias deportivas. Como resume Álvarez, si su recorrido “sirve para motivar a otros a no rendirse, entonces todo el esfuerzo habrá valido la pena”. En sus combates, dentro y fuera del ring, cada asalto es una lección de que los límites suelen ser, más que nada, un rival a noquear.
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